Viajar a Islandia en invierno significa cambiar los 24 días de sol de julio por apenas 4-5 horas de luz en diciembre, pero a cambio se gana un paisaje de cascadas semicongeladas, campos de lava cubiertos de nieve y la posibilidad real de ver auroras boreales sobre la cabeza.

Sí, viajar a Islandia en invierno merece la pena: se gana la mejor ventana del año para ver auroras boreales y un paisaje que no existe en verano, pero exige planificar cada día en torno a apenas 4-8 horas de luz solar según el mes y renunciar a la vuelta completa a la isla por los cierres de carretera.
En este artículo repasamos las horas de luz mes a mes, qué zonas son seguras en esta época, un itinerario de 7 días ya probado para la temporada baja y cómo preparar el viaje sin sorpresas.
La luz solar es la variable que más condiciona un viaje a Islandia en invierno: no solo cuánta hay, sino a qué horas, porque marca cuándo se puede conducir con seguridad y cuántas paradas caben en un día.
| Mes | Salida del sol | Puesta del sol | Horas de luz efectivas |
|---|---|---|---|
| Octubre | 07:30 | 19:00 | 11-12 horas |
| Noviembre | 09:30 | 16:30 | 7 horas |
| Diciembre | 11:15 | 15:30 | 4-4,5 horas (solsticio) |
| Enero | 11:00 | 16:00 | 5 horas |
| Febrero | 09:30 | 17:45 | 8 horas |
| Marzo | 07:30 | 19:30 | 12 horas |
La franja de menos luz —de mediados de noviembre a finales de enero— exige salir de ruta nada más amanecer y tener el trayecto del día cerrado antes de las 15:00-16:00. Fuera de esas semanas, en octubre y marzo, las horas de luz ya se acercan a las de un día de otoño en el sur de Europa y el viaje se planifica con mucha más holgura.
Las temperaturas en la costa (Reikiavik, Costa Sur) se mueven habitualmente entre 0 y -3 °C, más suaves que en el interior gracias a la Corriente del Golfo, aunque el viento —frecuente y racheado— hace que la sensación térmica baje varios grados. El tiempo cambia con rapidez: nieve, hielo, lluvia y viento fuerte pueden sucederse en la misma jornada, así que conviene revisar a diario tanto el estado de las carreteras (road.is) como el aviso meteorológico (vedur.is) antes de salir.

No todas las regiones del país son accesibles con seguridad entre octubre y marzo. Elegir bien la zona es tan importante como elegir bien las fechas.
Intentar completar la Ring Road (la carretera 1, que rodea toda Islandia) en un viaje corto de invierno es uno de los errores más habituales: los temporales cierran tramos de carretera sin previo aviso, especialmente en el norte y el noreste, y una ruta pensada para 7-10 días en verano puede quedar bloqueada por completo un día entero. Los puertos de montaña más problemáticos en esta época —Vatnsskarð, Breiðdalsheiði o la meseta de Möðrudalsöræfi, camino del norte— son precisamente los que separan el sur del resto de la isla, así que un cierre ahí puede obligar a rehacer el itinerario entero sobre la marcha. En invierno es mucho más inteligente concentrar el viaje en el sur y el oeste, donde la red viaria se mantiene mejor, hay más pueblos con gasolinera y alojamiento de repuesto, y las distancias entre paradas son más cortas.
Esta es la estructura que mejor funciona para una semana en temporada baja, evitando los tramos de carretera más expuestos al temporal.
Día 1: llegada a Keflavík, parada en la Laguna Azul (o en la Sky Lagoon, ya en las afueras de Reikiavik, si se prefiere terminar el día más cerca del alojamiento) y noche en Reikiavik. Día 2: Círculo Dorado completo (Þingvellir, área geotérmica de Geysir y cascada Gullfoss), una jornada que en invierno se completa cómodamente incluso con solo 5-7 horas de luz, por lo que suele dejar margen para volver a Reikiavik y cenar con calma. Día 3: Costa Sur hasta Vík, con Seljalandsfoss, Skógafoss y la playa de arena negra de Reynisfjara; conviene salir lo antes posible dado que es la etapa con más paradas del itinerario.
Día 6: península de Snæfellsnes, con Kirkjufell y los pueblos pesqueros de la zona; es la etapa más larga en carretera de todo el itinerario, así que conviene revisar el parte meteorológico la noche anterior y tener un plan B (quedarse en el Círculo Dorado un día más) si se anuncia temporal. Día 7: mañana libre en Reikiavik para compras en Laugavegur, algún museo o las piscinas termales urbanas, antes del vuelo de regreso.

La logística de invierno es distinta a la de verano en tres puntos muy concretos, y resolverlos de antemano es lo que separa un viaje tranquilo de uno con sustos de última hora.
Viajar a Islandia en invierno no es una versión «reducida» del viaje de verano: es una experiencia distinta, con sus propias reglas de horas de luz, sus propias zonas recomendadas y su propia recompensa, las auroras boreales. Con una ruta bien planteada como la de estos 7 días, y la logística de conducción y equipaje resuelta de antemano, la temporada baja se convierte en una de las mejores formas de conocer el país.
Hacer mal la maleta es, probablemente, el error que más arruina un viaje de invierno a Islandia, más incluso que un mal itinerario: con la ropa adecuada, la lluvia, el viento y el frío se convierten en una anécdota que contar a la vuelta; sin ella, en el motivo real de recordar el viaje con menos cariño del que merece.

La maleta para Islandia en invierno se organiza en tres capas —térmica, aislante e impermeable— nunca en prendas sueltas: con ese sistema y un buen calzado con agarre sobre hielo, el clima islandés deja de ser un problema, por muy variable que sea en un mismo día.
A continuación se explica por qué el sistema de capas funciona mejor que cualquier prenda «milagro», capa a capa qué llevar en cada una, el checklist completo con lo que casi siempre se olvida, y cómo ajustar todo esto según el mes exacto del viaje y el tipo de excursiones previstas.
Antes de mirar el checklist, conviene entender por qué en Islandia no sirve el mismo criterio que en un invierno de ciudad en el resto de Europa.
En Islandia existe un proverbio muy popular: «No existe el mal tiempo, solo la ropa inadecuada». No es una frase hecha: resume literalmente la filosofía con la que hay que planificar la maleta. El objetivo no es evitar la lluvia, el viento o el frío —eso es imposible—, sino ir equipado para que ninguno de los tres obligue a cancelar un plan.
El clima en otoño e invierno es enormemente variable: es perfectamente normal experimentar lluvia, nieve, sol y viento extremo en un intervalo de apenas dos horas, incluso sin moverse mucho de sitio. No es exageración de guía turística: es simplemente cómo se comporta el tiempo en una isla pequeña, rodeada de mar, situada justo donde se cruzan masas de aire frío del Ártico y corrientes más templadas del Atlántico. Esta variabilidad es la razón de fondo por la que una sola chaqueta «todo terreno» nunca funciona tan bien como un sistema de capas: cada capa se puede añadir o quitar según cambia el tiempo, en lugar de depender de una prenda única que no puede adaptarse a nada.
El error más repetido es hacer la maleta pensando en un invierno de ciudad —un buen abrigo y ya está— en lugar de en un sistema de capas técnico. Un abrigo grueso de paño, por ejemplo, no es impermeable, pesa cuando se moja, tarda mucho en secarse y no permite quitar una capa si de repente sale el sol o se entra en un espacio con calefacción; el sistema de capas resuelve los cuatro problemas a la vez, con un volumen de equipaje además bastante menor que el de un solo abrigo voluminoso.

Antes de cerrar la maleta, conviene revisar cada capa por separado: cada una cumple una función distinta y ninguna sustituye a las otras dos.
La capa base está en contacto directo con la piel y debe ser de lana merina o de fibra sintética técnica. Nunca hay que usar algodón: absorbe la humedad del sudor y no la evacúa, lo que enfría el cuerpo mucho más rápido que si no se llevara nada, un efecto que se nota especialmente en cuanto se para de caminar tras un rato de actividad. Es, de las tres capas, la que más gente subestima por darle menos importancia visual que a la chaqueta exterior, y sin embargo es la que más contacto tiene con el cuerpo durante todo el día.
La capa intermedia retiene el calor corporal generado por la capa base. Un forro polar grueso, una chaqueta de plumas ligera o una prenda de lana islandesa (lopapeysa, el jersey tradicional del país, tejido con lana sin lavar que conserva parte de su grasa natural y por tanto repele algo de humedad) cumplen esta función igual de bien; la elección depende más de la comodidad personal que de la eficacia técnica.
La capa exterior es la que marca la diferencia entre pasar frío y no pasarlo: debe ser 100% impermeable y cortavientos, idealmente con membrana tipo Gore-Tex o equivalente, tanto en la chaqueta como en el pantalón. Una chaqueta «resistente al agua» no es lo mismo que «impermeable», y en Islandia esa diferencia se nota en la primera hora de lluvia horizontal, que además suele venir acompañada de viento fuerte, así que la capucha debe ajustarse bien y no salirse con una ráfaga. El pantalón impermeable, pensado para ponerse encima del pantalón normal, es el elemento que más se subestima al hacer la maleta y el que más se agradece en la Costa Sur en un día de lluvia.
Con las tres capas claras, esta es la lista de comprobación antes de cerrar la maleta.
El sistema de capas es igual para todos, pero la cantidad y el tipo de prendas cambian según el mes exacto del viaje y el plan previsto.
En octubre y parte de noviembre, con temperaturas todavía suaves, basta con una capa base más ligera y una capa aislante media; en diciembre-febrero, en pleno invierno, conviene subir a una capa base más gruesa y no escatimar en la capa de aislamiento, sobre todo para quien vaya a pasar tiempo parado al aire libre —por ejemplo, esperando auroras boreales— más que caminando.
La maleta para Islandia en invierno no depende de comprar mucho equipo caro, sino de entender el sistema de capas y no dejarse ningún elemento clave fuera de la lista: calzado con agarre, protección real frente al viento y la lluvia, y los pequeños detalles —bañador, powerbank, termo— que solo se echan en falta cuando ya es tarde para solucionarlos. Con eso resuelto, el clima deja de ser una preocupación y pasa a ser, simplemente, parte del paisaje, tan protagonista como las propias cascadas o los glaciares.
Conducir en Islandia entre octubre y abril no se parece a hacerlo en verano: hielo negro, ventiscas repentinas y apenas unas horas de luz cambian por completo las reglas del viaje en coche. Con la preparación adecuada, sigue siendo perfectamente viable recorrer buena parte de la isla.

Conducir en Islandia en invierno es seguro si se revisan a diario el estado de las carreteras y la previsión meteorológica, se usa un vehículo con neumáticos de invierno —4×4 recomendado fuera del entorno de Reikiavik— y se acepta que las pistas de montaña (F-Roads) permanecen cerradas toda la temporada.
A continuación se explican los peligros reales de la carretera en invierno, si hace falta o no un 4×4, las páginas web que hay que consultar cada día y los consejos prácticos que marcan la diferencia al volante.
Es seguro, pero exige un nivel de atención distinto al de un viaje de verano: la carretera cambia de condición varias veces en un mismo trayecto, y lo que empieza como asfalto seco puede terminar cubierto de hielo a pocos kilómetros.
El hielo negro —una capa de hielo transparente, prácticamente invisible sobre el asfalto oscuro— es el peligro más traicionero, especialmente en puentes y zonas de sombra donde la carretera no recibe sol en todo el día, precisamente los tramos donde menos se espera perder tracción. Las ventiscas pueden reducir la visibilidad a pocos metros en cuestión de minutos, incluso en trayectos que empezaron con cielo despejado, y las escasas horas de luz —entre 4 y 8 según el mes— obligan a concentrar los trayectos largos en la franja central del día, dejando las primeras y últimas horas de luz para paradas cortas cerca del alojamiento.
El viento es, para muchos conductores primerizos, el peligro más inesperado: rachas de más de 100 km/h no son excepcionales en algunas zonas del sur y del este, capaces de empujar el coche fuera del carril o de arrancar literalmente la puerta de las bisagras si se abre sin sujetarla en un aparcamiento expuesto. Conviene sujetar siempre la puerta con la otra mano al abrirla y evitar aparcar de cara al viento cuando sea posible.
Todas las pistas F (carreteras de montaña de las tierras altas, señalizadas con una F antes del número) cierran por ley en cuanto llega la nieve y no reabren hasta bien entrada la primavera; intentar acceder a ellas fuera de temporada, además de peligroso, puede conllevar sanción. La Ring Road y las carreteras principales del sur suelen mantenerse abiertas salvo temporal severo, pero algunos puertos de montaña del norte y del este sí se cierran de forma habitual durante los peores episodios de nieve.

Es la duda más repetida antes de reservar coche, y la respuesta depende de qué zonas se vayan a visitar.
Legalmente, se puede circular con un turismo normal siempre que lleve neumáticos de invierno homologados, obligatorios en todo el país durante estos meses. No es obligatorio un 4×4 para conducir por la Ring Road o el Círculo Dorado en condiciones normales.
Modelos como el Subaru XV, el Dacia Duster o el Toyota RAV4 son opciones habituales de alquiler en la categoría 4×4 compacto, con un equilibrio razonable entre precio y capacidad todoterreno; para quien viaje en grupo o con más equipaje, los SUV de tamaño medio dan más margen sin llegar a necesitar un todoterreno grande, reservado sobre todo para quienes sí planean adentrarse en pistas más exigentes en otras épocas del año. Antes de reservar conviene confirmar que el seguro incluye cobertura de grava (frecuente en carreteras secundarias) y viento, dos coberturas que muchas tarifas básicas no incluyen y que, en invierno, importan tanto como la propia tracción del vehículo: una puerta dañada por una ráfaga de viento en un aparcamiento no cubierta por el seguro básico es uno de los sustos más caros y evitables de todo el viaje.
Estas tres páginas web, consultadas cada mañana sin excepción, son la diferencia entre anticiparse a un problema y encontrárselo de frente en la carretera.
Road.is muestra el estado de cada tramo de carretera del país en tiempo real —abierto, con precaución, cerrado— con un código de colores fácil de interpretar de un vistazo, además de webcams en los puertos de montaña más conflictivos para ver las condiciones reales antes de salir. Es la primera consulta del día, antes incluso de salir del alojamiento, y conviene repetirla a media mañana si el trayecto es largo, porque el estado de un tramo puede cambiar en pocas horas.
Vedur.is, la Oficina Meteorológica de Islandia, publica avisos por zonas —viento, nieve, hielo— con la misma lógica que un aviso de la AEMET en España, con un código de colores (amarillo, naranja, rojo) que indica el nivel de riesgo de cada región para las próximas 24-48 horas. Es especialmente útil para anticipar, la noche anterior, si el tramo previsto para el día siguiente va a estar en zona de aviso, y decidir entonces si conviene reorganizar el itinerario. También publica la previsión de auroras boreales para quien también quiera cazarlas esa noche.
SafeTravel.is permite dejar registrado el plan de ruta del día (el «Safe Travels Plan»), con el itinerario previsto y la hora estimada de llegada, algo que los equipos de rescate voluntario recomiendan de forma explícita para cualquier trayecto fuera del entorno inmediato de Reikiavik: si algo sale mal, saber dónde se esperaba que estuviera el vehículo agiliza muchísimo la búsqueda. Registrar el plan lleva apenas un par de minutos y es gratuito, así que no hay motivo real para saltárselo en un viaje de invierno.

Con el coche adecuado y las tres webs revisadas, quedan una serie de hábitos al volante que marcan la diferencia el día a día.
Ante una ventisca repentina, lo más seguro es reducir la velocidad de forma progresiva —nunca frenar en seco— y, si la visibilidad baja demasiado, detenerse en un apartadero con las luces de emergencia puestas en lugar de seguir avanzando a ciegas. Sobre hielo negro, evitar movimientos bruscos de volante o freno es la única forma de mantener el control; el instinto de frenar fuerte suele ser precisamente lo que provoca la pérdida de tracción.
En invierno, cualquier trayecto tarda sistemáticamente más de lo que indica el navegador: la velocidad prudente en carreteras heladas es inferior a la habitual, y cada parada para descongelar cristales o esperar a que pase una ventisca suma tiempo real. Un trayecto que Google Maps calcula en dos horas puede llevar fácilmente tres en pleno invierno, y ese margen hay que reservarlo también para el propio arranque del día: descongelar el parabrisas y limpiar la nieve del coche antes de salir suele llevar más tiempo del que se piensa. Calcular siempre un margen adicional evita la tentación de conducir con prisa en condiciones que no lo permiten, sobre todo en la última hora de luz del día, cuando más se tiende a apretar el ritmo para llegar antes de que oscurezca.
Entrar en una cueva de hielo natural es, para la mayoría de las cuevas del país, una experiencia reservada exclusivamente a la temporada de invierno. Se forman cuando el agua de deshielo del verano erosiona el interior de un glaciar, y solo se estabilizan lo suficiente para visitarse cuando bajan las temperaturas.

Las cuevas de hielo naturales de Islandia, como las del glaciar Vatnajökull, solo se pueden visitar entre noviembre y marzo, cuando el hielo se estabiliza tras el deshielo del verano; otras, como la cueva de ceniza del volcán Katla o el túnel artificial de Langjökull, son accesibles todo el año, siempre con guía certificado.
A continuación se explica cómo se forman, cuál visitar según la época del viaje, qué normas de seguridad son innegociables y cómo organizar la excursión.
Antes de decidir cuál visitar, conviene entender por qué existen solo una parte del año y por qué cambian de un año a otro.
Durante el verano, el agua de deshielo se filtra por grietas y canales dentro del glaciar, esculpiendo túneles y cavidades a medida que fluye, en un proceso que se repite cada año pero nunca de la misma forma. Cuando llega el frío, ese flujo de agua se detiene y las cavidades se estabilizan lo suficiente como para poder recorrerse con seguridad, siempre bajo supervisión de un guía que valora las condiciones cada día. Es ese mismo proceso, por cierto, el que hace que buscar una cueva de hielo por cuenta propia en pleno verano sea directamente imposible: casi ninguna sobrevive intacta a la temporada de deshielo siguiente.
Ninguna cueva de hielo es igual de una temporada a otra: el deshielo del verano siguiente vuelve a modificar los túneles, así que la forma exacta —e incluso el tono de azul, más intenso cuanto más comprimido y libre de burbujas de aire está el hielo— cambia de un invierno a otro. Es, en la práctica, una de las pocas experiencias de Islandia que literalmente no se puede repetir igual dos años seguidos.
Las cuevas naturales —como las del Vatnajökull o la cueva de ceniza del Katla— dependen por completo de las condiciones del glaciar ese invierno concreto, mientras que el túnel de Langjökull es una excavación artificial mantenida por una empresa especializada, lo que le permite estar operativo todo el año con una previsibilidad que ninguna cueva natural puede ofrecer. Quien busque garantías totales de acceso, frente a la autenticidad de una cueva formada por la propia naturaleza, tiene en esta diferencia el criterio de decisión más claro.

Esta tabla resume la diferencia clave a la hora de planificar: cuál exige viajar en invierno sí o sí, y cuál se puede visitar en cualquier época del año.
| Cueva de hielo | Glaciar | Dificultad | Época de acceso |
|---|---|---|---|
| Cueva de Hielo Azul | Vatnajökull | Fácil-moderada | Noviembre a marzo |
| Cueva de Ceniza del Katla | Mýrdalsjökull | Fácil | Todo el año |
| Túnel de Hielo | Langjökull | Muy fácil (túnel artificial) | Todo el año |
El túnel artificial excavado en el glaciar Langjökull es la alternativa más predecible de las tres: al ser una infraestructura mantenida, no depende de las condiciones naturales del hielo esa temporada, y su acceso —con vehículos especiales adaptados al glaciar— está pensado para visitantes de cualquier condición física, incluidos niños y personas con movilidad reducida que no podrían afrontar una cueva natural.

La seguridad no es un añadido opcional en esta experiencia: es la condición que determina si una cueva se abre o se cierra cada día.
Un glaciar es una masa de hielo en movimiento constante, y una cueva que era segura la semana pasada puede no serlo hoy. Nunca se debe entrar a una cueva de hielo por cuenta propia: los guías certificados evalúan a diario la estabilidad del techo y las paredes, y cierran el acceso sin excepción cuando detectan riesgo, por mucho que eso implique cancelar la excursión ya reservada. Esto incluye rechazar también a quien intente acceder sin excursión organizada guiándose por fotos o coordenadas encontradas en internet: la entrada a las cuevas activas está controlada precisamente por este motivo, no como una restricción comercial.
El casco protege frente a pequeños desprendimientos de hielo, algo habitual incluso en cuevas consideradas seguras, y los crampones son imprescindibles para caminar sobre el hielo pulido del suelo sin resbalar; ambos los proporciona siempre la operadora, así que no hace falta comprarlos ni llevarlos de casa. A esto se suma la ropa de abrigo que ya exige cualquier actividad de invierno al aire libre: dentro de una cueva de hielo la temperatura suele ser varios grados más baja que en el exterior, y la humedad del ambiente hace que el frío se note todavía más que en una jornada normal de carretera.
Cada mañana, antes de la primera salida, los guías certificados inspeccionan físicamente la cueva: buscan grietas nuevas, señales de desprendimiento reciente y cambios en la estructura del techo respecto al día anterior. Si algo no cuadra, cambian de cueva o cancelan la actividad, aunque eso signifique decepcionar a un grupo que ha reservado con antelación; es precisamente ese criterio, y no la suerte, lo que explica el buen historial de seguridad del sector en Islandia.
Con la cueva elegida y la seguridad entendida, quedan las cuestiones prácticas de cuándo y cómo encajarla en el viaje.
Una excursión estándar a una cueva de hielo suele ocupar entre 3 y 5 horas contando desplazamiento, equipamiento y la visita en sí, con un nivel físico exigido bajo-medio: no hace falta experiencia previa en glaciares, pero sí caminar con cierta soltura sobre superficies irregulares y frías durante un rato prolongado. La mayoría de las operadoras fijan una edad mínima orientativa —normalmente en torno a los 6-8 años para la Cueva de Hielo Azul, algo menor para el túnel artificial de Langjökull, pensado precisamente para ser más accesible— así que conviene confirmarla al reservar si el viaje incluye niños.
Las plazas por salida son limitadas —los grupos grandes dificultan tanto la seguridad como la experiencia dentro de la cueva— y en los meses de más demanda, sobre todo alrededor de Navidad y Año Nuevo, las excursiones a la Cueva de Hielo Azul se agotan con semanas de antelación. Reservar en cuanto esté decidida la fecha del viaje, y no dejarlo para los últimos días en el país, es la única forma de no quedarse sin plaza.
Preparar el equipaje para viajar a Islandia durante los meses de verano (junio, julio y agosto) es uno de los mayores dolores de cabeza para cualquier viajero. Aunque el sol de medianoche ofrece días infinitos y las temperaturas son las más amables del año, el clima islandés es famoso por su inestabilidad climática. En un mismo día puedes experimentar un sol radiante, ráfagas de viento ártico y una lluvia torrencial.
Preparar el equipaje adecuado es uno de los pasos más importantes antes de viajar a Islandia durante los meses estivales.

La regla de oro para no pasar frío ni calarse hasta los huesos es una: vestirse como una cebolla (el sistema de capas). En esta guía detallada te explicamos exactamente qué meter en tu maleta para disfrutar de tu ruta en coche a tu aire sin sorpresas desagradables.
No cometas el error de llevar un único abrigo gigantesco de invierno. En las latitudes árticas, la clave del confort térmico radica en combinar diferentes prendas superpuestas que puedas quitarte y ponerte fácilmente según cambie el tiempo o tu nivel de actividad física:
Para las piernas, la estrategia es muy similar a la del torso. Olvídate de los vaqueros tradicionales para hacer turismo diario; si se mojan, tardarán horas en secarse y pasarás frío.
Tus pies van a ser los que te lleven a descubrir los rincones más brutales de la isla. El terreno islandés es irregular, húmedo, resbaladizo y lleno de roca volcánica porosa que destroza las suelas blandas.
Imprescindible: Botas de montaña de caña media o alta, con una suela que agarre bien (tipo Vibram) y que sean 100% impermeables (Gore-Tex o equivalente). Asegúrate de haberlas usado antes del viaje para evitar ampollas mecánicas.
Complementa tus botas con **calcetines de lana merina** de grosor medio. Mantendrán tus pies calientes incluso si se genera algo de humedad interna. Para los momentos de coche o para estar dentro del hotel o guesthouse, unos calzados deportivos cómodos serán suficientes.
Muchas veces nos centramos en la ropa grande y olvidamos los pequeños detalles que arruinan o mejoran la experiencia de viaje:
| Accesorio | Por qué es necesario en verano |
|---|---|
| Antifaz para dormir | En junio hay prácticamente 24 horas de luz (sol de medianoche). Muchas guesthouses no tienen persianas opacas y lo necesitarás para conciliar el sueño. |
| Gorro y guantes cortavientos | El viento del norte puede helarte las orejas y las manos en cuestión de minutos, especialmente en barcos de avistamiento de ballenas. |
| Bañador y toalla ligera | Islandia está llena de ríos calientes, piscinas municipales y spas geotermales. No te olvides del bañador bajo ningún concepto. |
| Gafas de sol y crema solar | La reverberación de la luz sobre los glaciares y campos de lava en verano es fortísima. Aunque no lo parezca, el sol quema en el Ártico. |
| Termo o botella reutilizable | El agua del grifo en Islandia es de las más puras del mundo. Lleva tu botella para rellenarla gratis en cualquier sitio y ahorrar dinero. |
Para tus excursiones del día a día, una mochila de **20 a 30 litros** con una funda impermeable para la lluvia es el tamaño idóneo para cargar las capas de ropa sobrantes, el termo de agua y tu cámara de fotos.
Si viajas con tecnología, recuerda llevar una buena batería externa (Powerbank) para tu teléfono móvil. El frío intermitente y el uso constante del GPS para navegar por las carreteras islandesas agotan las baterías mucho más rápido de lo habitual. Por último, un adaptador de mechero para el coche te garantizará tener siempre tus dispositivos listos para capturar los paisajes de la isla del hielo y el fuego.